Brasil cabe en un grupo de WhatsApp. La democracia, no siempre.
Una crónica sobre la amistad, el silencio, la política y el extraño arte de defender la libertad de expresión sin querer escuchar a nadie.
Fernando Fagundes Ferreira ·
Todo comenzó como suelen comenzar las grandes tragedias nacionales: en un grupo de WhatsApp.
Era 12 de octubre, día de Nuestra Señora de Aparecida, patrona de Brasil. Una fecha dedicada a la fe, la fraternidad y la esperanza. En el grupo, sin embargo, el milagro más esperado parecía ser otro: conseguir convivir con opiniones diferentes sin convertir la discrepancia en pecado.
No había tanques en las calles, tropas movilizadas ni ministros reunidos en sesión extraordinaria. Había apenas antiguos compañeros de escuela, algunos memes, mensajes religiosos, opiniones políticas y esa peculiar disposición brasileña a transformar cualquier divergencia en una amenaza para la convivencia civilizada.
El grupo reunía a personas que habían compartido un aula muchas décadas atrás. No necesariamente una vida, una historia de amistad o siquiera una conversación durante los últimos cuarenta años. Pero bastaba el reencuentro virtual para que todos fueran promovidos, por obra y gracia de la aplicación, a la condición de amigos.
Hasta que apareció la política.
O, mejor dicho, hasta que alguien se dio cuenta de que la política estaba apareciendo.
Porque ya estaba allí, naturalmente. En los mensajes sobre familia, religión, seguridad, corrupción, moralidad y buenas costumbres. Estaba en los homenajes, los memes, las indignaciones selectivas e incluso en las recomendaciones de que nadie discutiera de política.
La primera gran contribución filosófica al debate fue precisamente esa: no debemos hablar de política.
Curiosamente, la recomendación venía acompañada, con frecuencia, de manifestaciones políticas.
La política de los demás parecía inconveniente. La propia, una expresión espontánea de valores.
Llegaron entonces los mensajes conciliadores, invariablemente acompañados de hermosos paisajes, frases edificantes y una sabiduría aparentemente irrefutable: las elecciones pasan, las personas permanecen.
Es verdad.
Pero las elecciones pasan dejando gobiernos, leyes, decisiones judiciales, políticas públicas, impuestos y derechos ampliados o restringidos. La política tiene ese inconveniente: no desaparece cuando termina la propaganda electoral.
Surgió también la teoría de que las personas deberían discutir estadísticas, no pasiones. Curiosamente, su defensor no presentó ninguna estadística. Prefirió ofrecer impresiones personales sobre personajes políticos, acompañadas de la garantía de que conocía a gente importante.
Nada más brasileño: reivindicar la supremacía de los datos sobre la opinión y, acto seguido, presentar la propia opinión como un dato.
Mientras tanto, crecía una especie de consenso silencioso a favor del silencio.
La ausencia de manifestación empezó a interpretarse como una manifestación. Quien no escribía estaba de acuerdo. Quien discrepaba debía comprender que la mayoría, sin decir absolutamente nada, ya había deliberado.
Nacía así una modalidad original de democracia: la asamblea de los ausentes.
No había votación, propuesta formal ni regla aprobada. Pero ya existía una norma, sostenida por la convicción de que discutir determinados asuntos amenazaba la amistad.
Fue entonces cuando un participante decidió celebrar que, por fin, estuvieran hablando de política.
La reacción fue reveladora. Alguien respondió, entre carcajadas, que aquella sería su primera y última aventura en el debate.
La libertad de expresión se había convertido en un deporte de riesgo.
Y entonces ocurrió algo inesperado.
Apareció un amigo de verdad.
No para exigir silencio, repartir reprimendas ni recitar frases motivacionales. Apareció para reconocer el valor de la inquietud intelectual, recordar a Roland Barthes y hablar de la libertad de pensar, de las contradicciones y de la necesidad de construir puentes.
Recordó que el pensador francés había identificado en el propio lenguaje mecanismos de imposición y poder. Y sugirió que pensar libremente era una forma de escapar de esas ataduras.
Después, en un gesto profundamente humano, anunció que borraría sus propios textos para preservar la concordia.
Era la paradoja completa.
La defensa de la libertad terminaba en un ejercicio voluntario de silencio.
No necesariamente por cobardía. Tal vez por afecto. Tal vez por cansancio. Tal vez porque algunas amistades merecen sobrevivir incluso a nuestros mejores argumentos.
Pero había una diferencia fundamental en aquel gesto.
El amigo no confundió el pensamiento divergente con un defecto de carácter. No exigió una conversión intelectual. No transformó el desacuerdo en enemistad.
Y comprendió que salir de un grupo no significa abandonar a las personas.
El participante decidió marcharse.
No por haber perdido una discusión. Ni por creer que sus ideas fueran superiores a las demás. Simplemente porque comprendió que la convivencia se había convertido en una negociación permanente sobre aquello que podía o no podía decirse.
Y la amistad, convengamos, no debería exigir un permiso previo para pensar.
El episodio ofrece una pequeña alegoría del Brasil contemporáneo. No porque unas pocas decenas de antiguos compañeros representen estadísticamente a doscientos millones de brasileños, sino porque ciertas contradicciones sociales caben cómodamente en la pantalla de un teléfono móvil.
Queremos democracia, pero tenemos dificultades con el disenso. Celebramos el pluralismo, siempre que no perturbe nuestras certezas. Reclamamos respeto, pero con frecuencia confundimos respeto con acuerdo.
Y, ante el conflicto, nuestra solución preferida parece ser recomendar que nadie hable de él.
Al final, la conclusión es casi banal: el problema nunca fue la existencia de opiniones diferentes. Fue imaginar que la amistad dependía de su ausencia.
El grupo siguió existiendo.
Los amigos también.
¿Y la democracia?
Bueno, esa todavía busca un espacio donde pueda conversar sin tener que pedir disculpas por existir.